
Duelo sin entierro
No es una lectura para pusilánimes.
Este duelo es muy válido, aunque socialmente a menudo no se nombre ni se comprenda. Puede estar atravesado por emociones intensas y contradictorias: tristeza, culpa, enfado, miedo, frustración o incertidumbre. Y, al mismo tiempo, un amor inmenso, protector y comprometido hacia el hijo real. Ambas experiencias pueden convivir sin anularse.
Se trata muchas veces de un duelo silencioso. Un duelo hecho de pequeñas vivencias cotidianas que no siempre se comparten: dejar de ir a ciertos lugares por miedo a las miradas o a la incomprensión, no recibir invitaciones a cumpleaños o encuentros, ver cómo el propio hijo se queda sin amigos o aislado, sentirse solos en espacios que deberían ser de comunidad.
También es el duelo de enfrentarse a la discriminación, a veces explícita, otras sutil, y de vivir desde el silencio situaciones de rechazo, incluso dentro de sistemas que deberían proteger y acompañar, como el educativo. Es la experiencia de tener que luchar constantemente por el derecho del propio hijo a pertenecer, a ser mirado con dignidad, a ser incluido.
Nombrar este duelo no significa rechazar al hijo ni querer que sea diferente. Significa reconocer el proceso interno de adaptación, de reconstrucción de sueños y de redefinición del futuro. Significa darse permiso para sentir, para elaborar las pérdidas simbólicas y, desde ahí, poder encontrarse verdaderamente con el hijo que es, en toda su singularidad.
Porque validar este duelo también es una forma de cuidar, de cuidarse y de poder amar desde un lugar más consciente, más real y más humano.
Es una herida en el alma. Un dolor que acompaña toda la vida. Un dolor que no se cura.
Al principio llega la confusión. La sensación de estar viviendo una realidad paralela a la que creías estar viviendo. Como si el mundo empezara a dividirse en dos caminos: uno que parecía limpio y despejado… y otro oscuro, desconocido, terrorífico.
Empiezas a debatirte entre el sí y el no. Entre la negación y el miedo.
«Esto no puede estar pasando.» ¿Qué coño es esto?» «Seguro que son fantasías mías.»
La mente intenta protegerse. Busca explicaciones. Minimiza. Se agarra a cualquier gesto, a cualquier palabra, a cualquier esperanza que permita seguir creyendo que todo encajará en la normalidad que habías imaginado.
Pero poco a poco la realidad se abre paso. Y con ella llega el vértigo.
El vértigo de comprender que el futuro que habías dibujado ya no existe tal y como lo soñaste. El vértigo de sentirte sola en medio de un mundo que sigue girando como si nada. El vértigo de empezar a mirar a los demás niños… y darte cuenta de que algo es distinto.
Entonces aparece el duelo. Un duelo íntimo. Profundo. Muchas veces incomprendido.
El duelo por el hijo que imaginaste. Por las escenas que dabas por hechas. Por la vida sencilla que pensabas que ibais a tener.
Y al mismo tiempo crece un amor feroz. Un amor que empuja a levantarse, a aprender, a luchar, a reinventarse cada día. Un amor que convive con el cansancio, con la rabia, con la tristeza a veces sensación de locura… y también con una fuerza que no sabías que tenías.
Porque este dolor no desaparece. Se transforma. Se integra. Se vuelve parte de la propia identidad.
Es una herida que enseña a mirar el mundo de otra manera. Que obliga a romper expectativas, a cuestionar normas, a descubrir otras formas de felicidad.
Porque por más que queramos, deseamos ferozmente ese camino. Ese hijo que teníamos en la cabeza. Ese pequeño que iba a ser como los demás. Que nos contaría cosas. Que hablaría de sus juegos, de sus intereses, de sus amigos.
¿Quién no desearía eso?
Sin embargo, poco a poco ves que no será así. Que la vida te ha puesto en un camino que no elegiste. Un camino que nadie te enseñó a recorrer.
Para muchas madres es como haber tenido dos hijos. Uno que existió en la promesa. Y otro que existe en la realidad.
Porque entender este duelo no es solo comprender que se pierde una expectativa. Es comprender que durante un tiempo sentiste que sí tenías ese hijo «esperado». Que le hablabas y sonreía. Que te miraba y sostenía tu mirada. Que empezaba a decir palabras, a señalar, a compartir pequeños mundos.
Y un día algo cambia. O empieza a desdibujarse.
Aparecen silencios donde antes había respuestas. Distancias donde antes había conexión. Conductas que no entiendes.
Y ahí comienza otra despedida. Una despedida invisible.
Tu hijo está ahí. Vive. Crece. Respira. Y le amas con todo lo que eres. Pero también sientes que algo dentro de ti se ha roto.
Porque sí, se siente como una pérdida. Porque lo es.
Y no solo se pierde el hijo. También se pierde una parte de ti. La madre que ibas a ser. La vida que imaginabas compartir.
Hay una parte de una que se divide en dos. Una que muere junto a ese hijo que ya no es como imaginabas. Y otra que sigue viva… intentando aprender a cuidar, a comprender, a sostener.
Muchas veces sintiéndote incapaz. Llena de miedo. Llena de tristeza.
Hubo momentos en los que ver otros bebés dolía. Ver crecer a niños de su edad dolía. Comparar dolía.
Llegué a sentir rabia. A maldecir a la vida. A sentir culpa por haber querido ser madre.
Porque él no merece sufrir. Y yo tampoco.
Quien no vive esto no sabe lo que significa. No es solo criar. Es sostener sus crisis. Sus golpes. Su sufrimiento. Y muchas veces no saber qué le pasa.
Y aparece el miedo más profundo: ¿Qué será de él cuando yo me muera?
Un pensamiento que puede convertirse en tortura. El miedo a su futuro. A los centros. A los abusos. A que nadie lo defienda como tú.
Porque son un pedazo de nosotros. Y duele.
Por eso es tan importante hablarlo. Encontrar a otras madres. Nombrar las fantasías y los miedos. Entender que no estamos solas.
Porque estos pensamientos pueden aparecer. Y cuando se vuelven obsesivos, pedir ayuda es necesario.
Hubo momentos de derrota. De agotamiento. De querer dejar de navegar.
Y luego la culpa. Siempre la culpa.
Pero también hay algo que permanece. Una herida que quizá nunca desaparezca del todo.
Como la herida de Quirón. El sanador herido que no podía morir… pero tampoco curarse.
Así se siente a veces este duelo. Cicatriza. Pero en ciertos días vuelve a doler.
Y aun así, la vida sigue.
Cada vez hay más días buenos que malos. El dolor recuerda que todavía hay camino. Que hoy puedo enseñarle algo más. Que hoy sigo aquí.
Y cuando todo vuelve… llorar también es avanzar.
Porque hay duelos que no se superan. Solo se aprenden a habitar.
Y hay días en los que sigo echando de menos al hijo que creí que tenía. A la madre que creí que iba a ser.
Luego le miro. Y está ahí.
Y entiendo que esta es mi vida. La que no elegí. Pero la que me tocó amar.
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