Cuando lo bonito también duele
Hay momentos en los que, en teoría, deberíamos estar pasándolo bien.
Una boda, una celebración, un viaje, una cena con amigos. Lugares pensados para disfrutar, reír, conversar, brindar y estar presentes.
Y, sin embargo, a veces lo bonito también puede ser agridulce.
Hoy estoy en una boda. Y una parte de mí quiere hacer exactamente lo que se supone que se hace en una boda: disfrutar, tener buenas conversaciones, reírme, quizá tomarme un par de copas y compartir el momento con las personas que quiero.
Pero hay otra parte de mí que siente nostalgia. Incluso dolor.
Porque la personita que más quiero no puede estar aquí.
No porque no quiera. No porque no nos guste compartir estos momentos. Sino porque para él determinados espacios pueden resultar demasiado difíciles: el ruido, el caos, la cantidad de personas, los estímulos, la incomprensión de lo que está ocurriendo…
Y entonces aparece una emoción que conozco bien: el duelo.
Un duelo que no ocurre una sola vez.
Hay duelos que se parecen más a pequeñas pérdidas cotidianas. Momentos que te ponen delante, una y otra vez, aquello que quizá imaginaste de otra manera. Y aunque hayas aceptado tu realidad, aunque la quieras profundamente y aunque hayas aprendido a convivir con ella, eso no significa que deje de doler.
«Aceptar no significa que ya no duela.»
Y quizá esta sea una de las cosas más difíciles de aprender: podemos aceptar una emoción sin necesitar que desaparezca inmediatamente.
Estamos acostumbrados a querer sentirnos bien. A intentar cambiar rápidamente aquello que nos incomoda. A distraernos, evitar, controlar, racionalizar… Incluso a veces buscamos una solución inmediata para dejar de sentir.
Pero ¿qué ocurre cuando, aun haciendo todo eso, la emoción sigue ahí?
Pues que sigue ahí.
Y eso también forma parte de la experiencia humana.
Hoy puedo decirme: es normal que esté triste. Es normal que esta boda remueva cosas. Es normal sentir alegría y, al mismo tiempo, nostalgia. Puedo estar disfrutando y echar de menos. Puedo reírme y sentir un nudo en la garganta. Las emociones no siempre vienen de una en una.
No tengo que elegir entre estar feliz o estar triste.
Puedo estar feliz y triste.
Las emociones desagradables también tienen una función. No aparecen porque estemos haciendo algo mal. No son necesariamente un problema que haya que solucionar. Algunas veces simplemente nos están mostrando que algo nos importa.
Y él me importa.
Muchísimo.
Por eso duele su ausencia.
Quizá aprender a vivir no consiste en conseguir que nunca aparezcan emociones desagradables. Quizá consiste en aprender que podemos sentirlas sin que ellas tengan que dirigir nuestra vida.
Puedo notar la nostalgia.
Puedo dejar que esté.
Puedo decirme: hoy está aquí. Y es normal que esté aquí.
Y también puedo seguir disfrutando de la boda.
«Porque aceptar el dolor no significa renunciar a la alegría. Significa hacer espacio para las dos.»
Y mañana, probablemente, esta emoción habrá cambiado. Quizá será más pequeña. Quizá habrá desaparecido durante un rato. Y algún otro día volverá.
Así es la vida.
No podemos elegir sentir solamente aquello que nos resulta agradable. Pero sí podemos aprender a relacionarnos de otra manera con aquello que sentimos.
A veces no necesitamos dejar de sentir.
Necesitamos dejar de luchar contra lo que sentimos.
Y permitirnos estar exactamente donde estamos.
Incluso cuando lo bonito también duele.
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